domingo, 10 de enero de 2016

Estigma de un cautiverio


[de  internet]



“Y de pronto mi mirada quedó prendida en otra cosa. Había descubierto que uno de los bolsillos laterales de uno de los capotes tenía una protuberancia, como si tuviera dentro algún objeto. Me acerqué más y me pareció reconocer por su forma cuadrada lo que contenía aquella protuberancia: ¡un libro! Mis piernas empezaron a flaquear ¡UN LIBRO! Hacía cuatro meses que no tenía un libro en las manos y ahora, la sola idea de un libro con palabras alineadas, renglones, páginas y hojas, la sola idea de un libro en el que leer, perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos, pensamientos para distraerse y para atesorarlos en mi cerebro, esa sola idea era capaz de embriagarme y también de serenarme. Mis ojos quedaron suspendidos de aquel bulto que formaba el libro en el bolsillo, como hipnotizados, con una mirada tan ardiente como si quisiera perforar el tejido. Finalmente no pude controlar mi avidez; involuntariamente me fui acercando. Sólo con pensar que podía tocar un libro con las manos, aunque fuera a través de la ropa del bolsillo, ya me ardían los dedos hasta la raíz de las uñas. Casi sin darme cuenta fui acercándome cada vez más. Por fortuna, el guardián no se dio cuenta de mi comportamiento, sin duda bastante extraño; quizás le parecía natural que una persona que había tenido que estar de pie durante dos horas quisiera apoyarse un poco en la pared. Ahora había llegado ya al lado mismo del capote y eché las manos a la espalda para poder palparlo sin llamar la atención. A través de la ropa conseguí percibir, en efecto, una cosa cuadrada, una cosa flexible y que crujía levemente: ¡un libro! Y una idea me atravesó el cerebro como un relámpago: ‘¡Róbalo! ¡Tal vez lo consigas y puedas esconderlo en la celda y después leer, leer, leer, por fin volver a leer!’”



Novela de ajedrez, de Stefan Zweig -1941-


sábado, 19 de diciembre de 2015

Adicción enfermiza


[Penélope Cruz, para el mes de febrero del calendario Campari 2013]

“Ignoro si usted habrá fijado alguna vez por casualidad su atención exclusivamente en el tapete verde, en el centro del cual la bolita vacila como un beodo, de un número a otro, y dentro de cuyo cuadrilátero, dividido en secciones, llueven, a modo de maná, arrugados pedazos de papel, redonda piezas de oro o plata, que luego la raqueta del croupier, a semejanza de una fina guadaña, siega y arrastra hacia sí o empuja como una gavilla hacia el ganador. Observándolo desde esa especial perspectiva, lo único que varía son las manos, la multitud de manos claras, nerviosas y siempre en actitud de espera en torno al tapete verde, todas asomando por la caverna de su respectiva manga, cada una de forma y color diferentes, algunas desnudas, otras adornadas con anillos y pulseras tintineantes, muchas velludas como animales salvajes, muchas otras húmedas y retorcidas como anguilas, y todas, sin embargo, crispadas y trémulas por una enorme impaciencia. Involuntariamente pensaba siempre en la pista de las carreras en el momento en que, en la línea de salida, hay que contener con fuerza a los excitados caballos para que no se lancen antes de tiempo. Exactamente así temblaban y se agitaban las manos. Todo puede adivinarse en esas manos, en su manera de esperar, de coger, de contraerse: al codicioso se le reconoce por su mano parecida a una garra; al pródigo, por su mano blanda y floja; al calculador, por su muñeca firme; al desesperado, por la mano temblorosa; cientos de temperamentos se descubren con la rapidez del rayo, ya en el modo de tomar el dinero, ya si lo estruja o lo agita nerviosamente, ya si, abatido y con mano fatigada, hace indiferente una puesta en el tapete verde.”



Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig -1929-


viernes, 16 de octubre de 2015

Una forma como otra cualquiera de convertirse en primer ministro


[Palacio de Westminster, Londres]

“El mundo de Westminster es un club con muchas reglas tácitas, celosamente custodiado por los políticos y por la prensa; en especial por la prensa, por el afamado grupo de corresponsales parlamentarios que discreta y silenciosamente regulan la actividad mediática en el palacio de Westminster. Permiten, por ejemplo, que se lleven a cabo sesiones informativas y fuente jamás se la estricta condición de que la fuente jamás sea revelada. Nada, ni un atisbo, todo en las sombras. Dicha situación propicia que los políticos estén dispuestos a mostrarse tremendamente indiscretos y a filtrar confidencias; y, a su vez, permite a los corresponsales parlamentarios cumplir con sus plazos y conseguir los titulares más jugosos. El código de la omertà es su pasaporte; sin dicho código, el periodista –o la periodista- en cuestión no encontraría más que puertas cerradas y bocas todavía más cerradas. Revelar la fuente es una ofensa mortal, aporrear la puerta privada de un ministro queda solo ligeramente por debajo en la lista de comportamiento despreciable que automáticamente corta por lo sano el acceso a contactos útiles. Los corresponsales políticos no persiguen a sus presas hasta sus casas: eso supone malas formas, tarjeta roja y broncas por doquier.”



House of cards, de Michael Dobbs -1989-