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domingo, 9 de octubre de 2016

Aluvión del habla


[de  internet]

                “Les hablaré a mis amigos todo el rato en castellano, pero para compensarles la paciencia y la amistad voy a querer darles lo mejor de mi castellano. Leeré el romancero y el Siglo de Oro, y escucharé a los gitanos, a los viejos, a los quinquis, que hablan con palabras de Quevedo, para poder explicarme con frases afinadas en la música del idioma; para tener el ritmo de los alejandrinos primitivos, de los endecasílabos del soneto, de los octosílabos del romance. Voy a querer entregarles a mis amigos en cada conversación una voz arrancada del tesoro de la lengua popular, pagarles en el intercambio de pareceres con palabras de oro viejo. Quizá porque en casa no había posibles, me conformaré con un solo idioma para todos los días del año como quien tiene que conformarse con una par de zapatos para todos los días del año. Desde niño les tendré envidia a los catalanes que hablan en ese lenguaje entonces oculto y proscrito. Me cautivará el poder lingüístico del que están dotados y que les permite vivir una vida profundamente privada. Hablar como ellos, a ratos lo habré deseado; pero me parecerá luego que eso es hacer trampas. Me dará vergüenza ser catalán como me va a dar vergüenza ponerme corbata. Eso son cosas que no se hacían en mi casa. Yo no voy a ser catalán por respeto a los catalanes. En la intimidad, con los catalanes no hablaré en catalán sino que les escucharé su catalán.
[…]
Voy a verme fascinado por el catalán de mis amigos, el catalán de sus padres, que iré distinguiendo como lenguaje vivo del pueblo. Su habla vulgar del nusaltrus, el buenu y el anllavorans, será de la que más cerca me encuentre, y cuando el idioma vaya a normalizarse y esta manera de hablar se desautorice sentiré que han vuelto a ganar los pijos, que la forma de hablar de toda esta gente, de mis vecinos, de mis amigos, ha sido traicionada. Que les han robado su oro. Más tarde, empezaremos a estudiar catalán en el colegio, y yo pondré todo de mi parte para ser como piden. Hasta voy a comprarme un jersey negro con las cuatro barras. Pero lo que ocurre es que cuando hablo en cualquier idioma que no es el mío me veo en el exilio y creo que lo que digo no es tan preciso ni tan cierto como si lo dijera mi manera. No utilizaré el catalán porque yo no quiero hablar para comunicarme, eso es lo de menos. Yo hablo para repetir las mismas palabras que le he oído a mi madre. Creeré más en el habla que en los idiomas como creo más en la gente que en los países. El habla es de todos, todo el mundo tiene derecho a hablar un idioma, el materno o cualquier otro,  cada cual lo hace como sabe o como quiere. Me haré filólogo para estar en el tumulto de los hablantes, de las palabas, igual que los que se hacían socialistas para estar en medio de la revolución. Incluso cuando falta la libertad de expresión, sobreviven las palabras. Sobrevive el habla. Iré a las palabras del pueblo y le pediré a cada cual que hable en su idioma para oírles en lo más verdadero que tienen. Mi castellano estará más cerca del nusaltrus de los viejos de San Adrián que de los tribunales lingüísticos que otorgan el título de catalán. Va a estar más cerca mi castellano del estógamo y del no sus vayáis de mi familia, que de mi título de licenciatura en hispánicas. Antes que a ningún país, voy a pertenecer a una paisajística. Antes que de ningún idioma, voy a ser de cómo la gente habla.”



Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar -2011-





sábado, 24 de septiembre de 2016

Aluvión poético



[de  internet]

           “Algunos domingos, mi tío Ginés se viene a nuestra casa después de la comida acompañándose en el camino de ese sol obsequioso que sale para todos, o seguido de ese resol brillante que se desmenuza en las fachadas de los edificios como un terrón de azúcar, y lo cuela, al sol, en nuestro comedor por los cristales del balcón, que dan al río, que ahora fluye adormilado como un gato al resolano, y mi tío aparta un tapete de ganchillo y se sienta en un extremo del sofá, queriendo no arrugar las cosas, ni estorbar, y entonces nos congregamos mi tío, mis padres, mis hermanas mayores, mi abuela…, durante toda la tarde, y a veces hasta entrada la noche, ante el altar tembloroso del televisor. Yo me quedo todo ese rato en suspenso, sumergido en el transcurrir de las horas, persuadido de que soy parte carnal de los minutos, y de esta manera estoy convencido de que el tiempo no pasa o no fluye, de que el tiempo permanece, porque yo permanezco arrebatado por programas de televisión que se llaman, por ejemplo, Tarde para todos, en cuyo título constato la doble verdad dominical de que es por la tarde y de que estamos todos.”



Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar -2007-