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viernes, 5 de febrero de 2016

Vidas enclavadas


[Escarabajo Volkswagen oculto entre el resto de coleópteros, en el Cleveland Museum of Natural History]

“Pero después hemos tenido otro problema con el escarabajo rojo. Un problema más grande: no quería quedarse dormido. Porque antes de ponerlos en el corcho, Iñes pone a dormir a todos los insectos. Mete un algodón en los botes, con un líquido azul. Y los insectos huelen el líquido y se quedan dormidos. Así es más fácil ponerlos en el corcho. Porque en el corcho se pone con agujas, y si empiezan a moverse cuando Iñes les quiere metes las agujas, es más difícil. Además les hace más daño. Por eso pone Iñes a los insectos a dormir. En los hospitales se hace lo mismo con las personas.

Pero dice Iñes que cuando acabemos el trabajo, vamos a volver a despertar a todos los insectos. Y les vamos a quitar las agujas. Y los vamos a llevar otra vez a los pozos. Pero algunos insectos duermen mucho, porque unas mariposas y unos saltamontes los cogimos hace diez días, o igual hace cuarenta días algunos, y siguen durmiendo todavía, en el corcho. Y eso es muy raro y es dormir mucho. Pero el escarabajo rojo no quiere quedarse dormido. Y eso también es raro, porque los demás insectos se quedan dormidos en cinco minutos con el líquido. Iñes dice que lo vamos a dejar así toda la noche, con el líquido, y que ya veremos mañana y que ya lo pondremos mañana en el corcho. Cinco minutos a veces es mucho tiempo y otras veces bastante poco.”


Vredaman, de Unai Elorriaga -2005-


sábado, 6 de julio de 2013

Sopla, sopla


[de  internet]

“Salió Matías a la calle y al cabo de diez minutos se dio cuenta de que su pelo no era más que una cosa ridícula encima de su cabeza. Esto quiere decir que el viento era fuerte y que se estaba riendo de su peinado y que le había puesto unos mechones mirando hacia aquí y otros mirando hacia allá, sin criterio. De hecho, Matías tenía entradas, aunque disimuladas, y algún que otro claro en el pelo, y el viento le dejaba todo a la vista, entradas y claros, como si quiera ridiculizar a Matías, como se ridiculizan las fotografías de 1967 o como se ridiculizan los bolsos de las tías mayores, sin ningún miedo.
Y es que Matías tenía claros en el pelo. Y los claros son agradables en los bosques o debajo de una farola, en Londres, pero no en la cabeza de una persona joven. Y Matías se enfadó un poco con el viento, pero sólo un poco. Después siguió andando.
“Calle Théodore Maunoir” era la calle del primer informante. Ésa era la primera calle que tenía que buscar. Y no era fácil de encontrar; por el viento que hacía, sobre todo. Porque el viento suele difuminar la mitad del cerebro de las personas. O tres cuartas partes del cerebro de las personas. Por eso no era Matías capaz de encontrar la calle Théodore Maunoir.
[…]
Fuera de la pensión, sin embargo, notaba que el viento le estaba difuminando el cerebro. Y para difuminar el cerebro de Matías, el viento no utilizó una fórmula muy diferente a la que utiliza el almíbar para difuminar los melocotones.”



El pelo de Van’t Hoff, de Unai Elorriaga -2003-

martes, 26 de marzo de 2013

De verdades enmarcadas


[dando forma a las salas del MNAC]

“Los museos son malhechores. En general. Porque los cuadros se tienen que ver despacio y con ganas, y en los museos no se ven despacio y se ven como sino fueran cuadros ni nada, o se medio ven. Los museos son hoy tengo que ver los 602 cuadros del museo porque la entrada está pagada ya.
De hecho, durante los diez primeros minutos del museo, no hay problema para digerir lo que vas viendo, pero, a medida que pasan cuadros y pasan salas, tu cuerpo es incapaz de asimilar todo lo que mira y, de repente, ves cómo te empieza a salir una menina por la oreja o la propia Gioconda por la nariz.
Es entonces cuando sientes que tu cuerpo está minuciosamente descompuesto y que tienes que vomitar algo. Te acercas a un rincón del museo; al rincón del museo donde suele estar la silla del vigilante, concretamente. Y empiezas a vomitar (siempre tras comprobar, claro, que el vigilante es poco trabajador y aficionado a distraerse en el baño). Entre los despojos que van saliendo de tu cuerpo, ves 42 impresiones de 42 pintores impresionistas, 212 líneas rectas de 17 cubistas y algún reloj derretido.
Te sientes un cacharro y te prometes que no vas a volver a entrar en un museo grande. Entonces vuelve el vigilante del baño y te pide que, por favor, no te apoyes en la Nariz de Napoleón, y tú le dices que perdón, que estás algo mal y que no sabes casi ni dónde estás.
Vuelves al hotel, y en el hotel te dicen que ha muerto una tía tuya a tres mil kilómetros de allí, o que se está muriendo en el hospital. Entonces te das cuenta del tiempo que has perdido en el museo y de cuánto querías a esa tía y de lo feos que son los retratos de las damas del siglo, por ejemplo, XVI.”



Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga -2001-


lunes, 14 de enero de 2013

Loca dictadura

[de  internet]

“Traté a una joven llamada Sora Albret, veintiún años, durante cerca de cinco meses. Insisto en que el caso de Sora Albret era prácticamente simétrico al de Douglas: ella pensaba que eran tres ingleses los que la perseguían… Mr. Mallovan, Mr. Utterson y Mr. Flesing. Aún hoy recuerdo los nombres… Sora estaba convencida de que los dos primeros habían enviado a Mr. Flesing a por ella desde Londres. Se suponía que los ingleses pensaban que Sora había matado a una mujer y querían que fuese detenida…

[…]

La principal preocupación durante las crisis de Sora era romper la mayor cantidad de relojes posible… Otra vez la creencia habitual de los psicóticos: Sora estaba convencida de que la única función de los relojes que tenía alrededor no era otra que grabar su pensamiento. Sora llegó a destruir muchos relojes… Había veces incluso en las que trataba de quemarlos…”


Londres es de cartón, de Unai Elorriaga -2009-