miércoles, 23 de marzo de 2016

Del oficio de escribir


“Los novelistas, escribanos incontinentes, disparamos y disparamos palabras sin cesar contra la muerte, como arqueros subidos a las almenas de un castillo en ruinas. Pero el tiempo es un dragón de piel impenetrable que todo lo devora. Nadie se acordará de la mayoría de nosotros dentro de un par de siglos: a todos los efectos será como si no hubiéramos existido. El absoluto olvido de quienes nos precedieron es un pesado manto, es la derrota con la que nacemos y hacia la que nos dirigimos. Es nuestro pecado original.”


[de  internet]

“Con la escritura es lo mismo: a menudo intuyes que al otro lado de la punta de tus dedos está el secreto del universo, una catarata de palabras perfectas, la obra esencial que da sentido a todo. Te encuentras en el umbral mismo de la creación y en tu cabeza se te disparan tramas admirables, novelas inmensas, ballenas grandiosas que sólo te enseñan el relámpago de su lomo mojado, mejor dicho, sólo fragmentos de ese lomo, retazos de esa ballena, pizcas de belleza que te dejan intuir la belleza insoportable del animal entero; pero luego, antes de que hayas tenido tiempo de hacer nada, antes de haber sido capaz de calcular su volumen y su forma, antes de haber podido comprender el sentido de su mirada taladradora, la prodigiosa bestia se sumerge y el mundo queda quieto y sordo y tan vacío.”

[de  internet]


“El oficio literario es de lo más paradójico: es verdad que escribes en primer lugar para ti mismo, para el lector que llevas dentro, o porque no lo puedes remediar, porque eres incapaz de soportar la vida sin entretenerla con fantasías; pero, al mismo tiempo, necesitas de manera indispensable que te lean; y no un solo lector, por muy exquisito e inteligente que éste sea, por mucho que confíes en su criterio, sino más personas, muchas más, a decir verdad muchísimas más, una nutrida horda, porque nuestra hambruna de lectores es una avidez profunda que nunca se sacia, una exigencia sin límites que roza la locura y que siempre me ha parecido de lo más curiosa. A saber de dónde saldrá esa necesidad absoluta que nos convierte a todos los escritores en eternos indigentes de la mirada ajena.”



La loca de la casa, de Rosa Montero -2003-



viernes, 5 de febrero de 2016

Vidas enclavadas


[Escarabajo Volkswagen oculto entre el resto de coleópteros, en el Cleveland Museum of Natural History]

“Pero después hemos tenido otro problema con el escarabajo rojo. Un problema más grande: no quería quedarse dormido. Porque antes de ponerlos en el corcho, Iñes pone a dormir a todos los insectos. Mete un algodón en los botes, con un líquido azul. Y los insectos huelen el líquido y se quedan dormidos. Así es más fácil ponerlos en el corcho. Porque en el corcho se pone con agujas, y si empiezan a moverse cuando Iñes les quiere metes las agujas, es más difícil. Además les hace más daño. Por eso pone Iñes a los insectos a dormir. En los hospitales se hace lo mismo con las personas.

Pero dice Iñes que cuando acabemos el trabajo, vamos a volver a despertar a todos los insectos. Y les vamos a quitar las agujas. Y los vamos a llevar otra vez a los pozos. Pero algunos insectos duermen mucho, porque unas mariposas y unos saltamontes los cogimos hace diez días, o igual hace cuarenta días algunos, y siguen durmiendo todavía, en el corcho. Y eso es muy raro y es dormir mucho. Pero el escarabajo rojo no quiere quedarse dormido. Y eso también es raro, porque los demás insectos se quedan dormidos en cinco minutos con el líquido. Iñes dice que lo vamos a dejar así toda la noche, con el líquido, y que ya veremos mañana y que ya lo pondremos mañana en el corcho. Cinco minutos a veces es mucho tiempo y otras veces bastante poco.”


Vredaman, de Unai Elorriaga -2005-


domingo, 10 de enero de 2016

Estigma de un cautiverio


[de  internet]



“Y de pronto mi mirada quedó prendida en otra cosa. Había descubierto que uno de los bolsillos laterales de uno de los capotes tenía una protuberancia, como si tuviera dentro algún objeto. Me acerqué más y me pareció reconocer por su forma cuadrada lo que contenía aquella protuberancia: ¡un libro! Mis piernas empezaron a flaquear ¡UN LIBRO! Hacía cuatro meses que no tenía un libro en las manos y ahora, la sola idea de un libro con palabras alineadas, renglones, páginas y hojas, la sola idea de un libro en el que leer, perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos, pensamientos para distraerse y para atesorarlos en mi cerebro, esa sola idea era capaz de embriagarme y también de serenarme. Mis ojos quedaron suspendidos de aquel bulto que formaba el libro en el bolsillo, como hipnotizados, con una mirada tan ardiente como si quisiera perforar el tejido. Finalmente no pude controlar mi avidez; involuntariamente me fui acercando. Sólo con pensar que podía tocar un libro con las manos, aunque fuera a través de la ropa del bolsillo, ya me ardían los dedos hasta la raíz de las uñas. Casi sin darme cuenta fui acercándome cada vez más. Por fortuna, el guardián no se dio cuenta de mi comportamiento, sin duda bastante extraño; quizás le parecía natural que una persona que había tenido que estar de pie durante dos horas quisiera apoyarse un poco en la pared. Ahora había llegado ya al lado mismo del capote y eché las manos a la espalda para poder palparlo sin llamar la atención. A través de la ropa conseguí percibir, en efecto, una cosa cuadrada, una cosa flexible y que crujía levemente: ¡un libro! Y una idea me atravesó el cerebro como un relámpago: ‘¡Róbalo! ¡Tal vez lo consigas y puedas esconderlo en la celda y después leer, leer, leer, por fin volver a leer!’”



Novela de ajedrez, de Stefan Zweig -1941-