jueves, 3 de abril de 2014

Historias de una vida


[de  internet]

“- Empezaré por la introducción. Aunque, naturalmente, la introducción nunca está donde uno cree. Le damos tanta importancia a nuestra propia vida que tendemos a creer que su historia comienza con nuestro nacimiento. Primero no había nada, entonces nací yo… Pero no es así. Las vidas humanas no son pedazos de cuerda que podemos separar del nudo que forman con otros pedazos de cuerda para enderezarnos. Las familias son tejidos. Resulta imposible tocar una parte sin hacer vibrar el resto. Resulta imposible comprender una parte sin poseer una visión de conjunto.
Mi historia no es solo mía, es la historia de Angelfield. El pueblo de Angelfield. La casa de Angelfield. Y la propia familia Angelfield. George y Mathilde; sus hijos, Charlie e Isabelle; las hijas de Isabelle, Emmeline y Adeline. Su casa, sus vicisitudes, sus miedos, y su fantasma. Siempre deberíamos prestar atención a los fantasma, ¿no cree, señorita Lea?

Me lanzó una mirada afilada, pero fingí no verla y continuó:
- Un nacimiento no es, en realidad, una introducción. Nuestra vida, cuando empieza, no es realmente nuestra, sino la continuación de la historia de otro. Pongamos, por ejemplo, mi caso. Viéndome ahora, seguro que piensa que mi nacimiento fue especial, ¿verdad? Acompañado de extraños presagios y atendido por brujas y hadas madrinas. Pues no, ni mucho menos. De hecho, cuando nací no era más que un argumento secundario.”


[Trozo de papel arrugado, por Judit]

“Solía escribir una palabra concreta una y otra vez. El nombre de mi hermana. Un talismán. Lo escribía en un trozo de papel que doblaba con sumo cuidado y llevaba siempre conmigo. En invierno vivía en el bolsillo de mi abrigo, en verano me hacía cosquillas en el tobillo, dentro del pliegue del calcetín. Por la noche me dormía con el trocito de papel aferrado en la mano. Pese al cuidado que ponía, no siempre tenía esos papelitos localizados. Los perdía, hacía otros nuevos, luego tropezaba con los viejos. Cuando mi madre intentaba arrancarme el papel de los dedos, me lo tragaba para frustrar sus intenciones, aunque tampoco habría sabido leerlo. No obstante, el día en que vi a mi padre sacar un papel gastado y gris del fondo de un cajón lleno de porquerías y desdoblarlo, no intenté detenerle. Cuando leyó el nombre secreto pareció que el rostro se le partía, y sus ojos, cuando me miraron, eran un pozo de pesar.
Quiso hablar. Abrió la boca para hablar pero yo, llevándome un dedo a los labios, le mandé callar. No quería que pronunciara el nombre de mi hermana. ¿Acaso no había tratado de mantenerla en la oscuridad? ¿Acaso no había querido olvidarla? ¿Acaso no había intentado ocultármela? Ahora no tenía derecho a ella.
Le arranqué el papel de los dedos y salí de la habitación sin decir una palabra. En el asiento bajo la ventana de la segunda planta, me metí el papel en la boca, saboreé su fuerte sabor seco y leñoso y me lo tragué. Durante años mis padres habían mantenido el nombre de mi hermana enterrado en el silencio, en su esfuerzo por olvidar. Yo lo protegería con mi propio silencio, y lo mantendría en mi recuerdo.”



El cuento número trece, de Diane Setterfield -2006-
 



martes, 11 de marzo de 2014

Un’altra volta


[Los moros de la Torre dell’Orologio, Venecia, de ge minúscula]

“La campana preliminar toca desde la esquina de la Basílica. Los moros, girando el tronco atléticamente, dan la hora con dignidad. Salen los tres magos precedidos por el ángel trompetista. Se inclinan con un crujido ante la Madonna, arrastran los pies rígidamente a su alrededor y, con un zumbido y un chirrido de mecanismos antiguos, desaparecen en el interior. Las portezuelas se cierran bruscamente tras ellos, los engranajes guardan silencio y todo se queda quieto. Un suspiro de diversión y agrado surge de la variopinta multitud, que es el suspiro largo, caliente y sin aire del verano veneciano.”


Venecia, de Jan Morris -1960-


jueves, 6 de febrero de 2014

Trucos de magia



[Fire Dancer]

“Hacer malabarismos equivale a negar tanto la fuerza de la gravedad como la multiplicidad de las cosas. La apuesta del malabarista consiste en asegurar el movimiento perpetuo y aéreo de un modo pesado y multiplicador.
[…]
El que hace malabares con fuego añade a esta apuesta una cláusula demencial: además del peso y del número correspondiente, la materia lleva implícito un riesgo. Si, durante una fracción de segundo, esta propiedad se mantiene en contacto con el cuerpo, quema.
En cuanto a los bailarines de fuego, son algo absolutamente demencial: aquí el malabarista con fuego convierte su técnica en un acto total, no sólo para realizar prodigios con los brazos sino para encarnar su milagro de la cabeza a los pies.
[…]
Los fire dancers no han creado su arte por el simple placer, algo vulgar, de lograr el más difícil todavía. Asociar ambos dioses, la danza y el fuego, resulta profundamente lógico. Contemplar a grandes bailarines en movimiento produce la misma emoción que contemplar una hoguera en llamas: el fuego baila, el bailarín se quema. Es el mismo movimiento, tan áspero como armonioso. Es el combate sin vencedor entre Dioniso y Apolo, la continua alternancia del peligro y del dominio, de la locura y de la inteligencia, del deseo y de la plenitud.”




Matar al padre, de Amélie Nothomb -2011-